Fui a dos gasolinerías antes de encontrar gasolina, y una vez lleno el tanque, me dirigí al rancho. En mi mente pululaban imágenes de lo que yo encontraría después de haber estado atrapada en Nashville durante tres días. La tormenta haciendo estragos, arrasando casi todo a su paso, era una tortura, pero lo peor de todo era el NO SABER.
Recorrí mentalmente la lista de todas las vidas que he perdido antes: cuando se divorciaron mis padres y la casa blanca en Lake Road ya no era un hogar, al dejar a nuestra familia con una nueva estructura. Un sofá, una mesa, unas sillas y una conejera fueron todo que le tocó a mi madre después del divorcio: la manutención de las hijas y la pensión alimenticia no estaban incluidas.
Gracias a Dios, mi madre fue suficientemente valiente y fuerte como para enseñarnos cómo poner una tienda y convertir CUALQUIER sitio en hogar.
Ese regalo fue lo único que quedó de ella cuando falleció al dejarme a mí, una adolescente, con 20 dólares y la certeza de que yo tenía el poder de decidir quién quería ser. Es que mi padrastro enloqueció a partir de su muerte: cerró la casa, tapó las ventanas con tablas y guardó todas nuestras pertenencias. La última noche que pasé en nuestra casa, me metí en su clóset, saqué su ropa y la amontoné en el piso buscando el aroma de su piel.
Afortunadamente, recorrí toda la casa juntando todo lo que cabría en mi Chevette naranja – El Durazno. Ahí metí un cobertor tipo afgano hecho por mi nana, unas fotos, unas chucherías, almohadas y el mayor tesoro de mi madre: sus libros.
Me trasladé a la Universidad de Maryland, llenando mis pequeños espacios con esos pocos objetos; y en una noche fría y lluviosa decidí cambiarme a un nuevo departamentito, porque el anterior había sufrido un robo. Mis queridísimas amigas Colleen y Jane me ayudaron a llevar mis cosas al departamento: una violenta tormenta asolaba College Park y se fue la luz. Prendimos unas velas y nos fumamos un porro, que nos había dado un compañero de trabajo, el cocinero Lester (trabajábamos de meseras y eran las vacaciones de Navidad). Teníamos flojera y hambre, así que decidimos irnos a un McDonald’s, planeando terminar la mudanza al día siguiente.
Al regresar por la mañana con las últimas cosas, encontramos el sofá en el patio y el edificio, ¡medio quemado!
Los bomberos nos dijeron que la vela que habíamos apagado soplando se había vuelto a encender por una corriente de aire cuando cerramos la puerta.
Una vez más, perdí los pocos objetos a los que tenía cariño, entre los cuales el más importante era una nota que me había escrito mi madre: “Vive cada día con el espíritu de un león”. Curiosamente, la otra noche soñé que en mi sala apareció un león; primero me asusté, pero luego entendí que él estaba ahí para darme fuerzas.
Reconstruí mi vida, y gracias a eso cambié. Es que cada vez que una parte de nosotros se pierde, surge un espacio para que crezca un nuevo miembro o una nueva parte dentro de nosotros.
Finalmente, me fui a vivir a California. Allá es donde ocurrió la verdadera reconstrucción, y por eso le tengo tanto cariño a Los Ángeles: me reconstruí allá en muchos niveles. Unos años más tarde conocí a alguien, Kapara, que en hebreo significa “encomendado”. Vivimos juntos cinco años, y cuando la relación terminó me cambié de casa, sin llevarme casi nada. ¡Yo sabía que el marcharme era elección mía y que yo necesitaba dejar su vida intacta! Lo que perdí en aquel entonces fue una familia y amistades con un grupo de gente que había llenado mi acongojado corazón. Al estilo de Mee Tracy, trabajé duro y me volví una nueva versión de Mee.
Esa nueva versión era más sana y más capaz; así que, con cada pérdida yo ganaba más grandeza en mi vida. Lee R.McCormick irrumpió en mi vida por la puerta grande y a puñetazos – el Rey de la Aventura –, presentándose como “Hey, No Tengo Miedo”. Me dio unos empujones que yo no siempre estaba segura de querer recibir: la vida en un rancho ganadero en el condado de Hickman, Tennessee, no estaba en mi programa.
Lo que más recuerdo de mi estancia en aquel rancho, al inicio, es el cómo me asombré cuando una tarde oí unos brincos, gritos de arrear y una serie de “yah, yah, yah”; luego sonaron unos latigazos. La casa se estremeció, inmediatamente pensé: “TERREMOTO”, y corrí a la terraza. Me quedé con la boca abierta al presenciar algo que parecía salir directamente de una película: un verdadero TRASLADO MASIVO DE GANADO, ¡con vaqueros y toda la cosa! Les digo que, por lo menos, quinientas vacas estaban pasando por la terracería enfrente de nuestra linda casa. A la larga, llegué a conocer a esos vaqueros y sus familias. Ahora que vivo en Nashville, éstas son las personas con las que me conecto más: su ardua labor, nobleza y honor opacan cualquier fantasía que jamás haya tenido. En esta semana Rusty Grove y Jane Ellen han tratado mis pertenencias como si fueran sus propias. ¡Gracias!

Vivimos en esa asombrosa casa unos años y luego decidimos que queríamos volver a empezar en alguna parte sin que tuviera algo que ver con el pasado de Lee. Así que optamos por convertir la casa en un centro para trastornos alimentarios y trasladarnos a una casita prefabricada, ubicada al otro lado del rancho. Yo tenía una amiga artista ¡que transformó mi casa prefabricada en algo fabuloso! El día que nos mudamos de la casa grande, uno de los trabajadores del rancho me preguntó: “Señora Mee, ¿está usted segura de que realmente quiere mudarse para acá, a una casa prefabricada?” Le dije: “¡Claro que sí!” En mi opinión, éste era un lugar perfecto para nosotros hasta que decidiéramos construir una casa nueva o reparar la vieja finca. Les digo que remodelamos totalmente esa casa prefabricada, la amueblamos bellamente, ¡y la vida empezó a bullir! Cuando me senté para llenar el formato de “Pérdidas” para el seguro y la FEMA, solté una risita porque nuestro abogado dijo: “¿De veras todo eso estaba en una prefabricada, en el condado de Hickman?” Pues sí…
Lo que encontré al entrar a esa casa prefabricada fue lodo y destrucción. Sin embargo, los dos muebles que yo necesitaba no sufrieron daño alguno (¡qué cosa más extraña!): ¡la cama antigua de Bella quedó PERFECTA, al igual que la nuestra! Las habitaciones estaban llenas de lodo, escombros y objetos rotos, pero las camas quedaron intactas… Lo interpreté como un mensaje: “Cuando uno puede descansar por la noche, la vida no está mal: todo lo demás es irrelevante, pues sigues teniendo un lugar para soñar”.

Y por último, de veras me tiene maravillada darme cuenta de quién es mi marido: ha estado a la altura de la situación, sin permitir que la duda y el temor la dominaran; él se recuperó y siguió adelante. Tenemos muchísima gente que necesita el rancho para mantenerse, sus vidas dependen de eso, y Lee no los va a decepcionar. Es el regalo de casarse con un vaquero: ellos no tienen miedo a “¿qué tal si..?”, y el soñar está incluido en el paquete.
Lee R. MacCormick soñó con ese lugar hace mucho, intentando crear un ambiente seguro, que brinde apoyo y no juzgue, para orientar a la gente que vive un proceso de cambio; y su deseo de permanecer conectado con la tierra seguirá vivo.
Como casi toda esa gente que ha sufrido pérdidas, nosotros hemos perdido muchísimo también: automóviles, equipos para rancho (siete construcciones y estructuras, enorme cantidad de cerca, además no teníamos seguro contra inundaciones).
Saqué mi lodo de Chimayo, para recordarme que los milagros sí se manifiestan; esperamos que la FEMA sea uno de ellos.
Así que estoy haciendo una lista de objetos perdidos. Mi dificultad consiste en que todo lo que puedo ver es todo lo que TENGO. Seguramente, me crecerá un nuevo miembro y con él, mi grandeza.




