El otro día pasé en coche por nuestra antigua casa, la de “Las Paredes que Susurran”. Hacía mucho tiempo que no pasaba por ahí, no porque trataba conscientemente evitarlo, sino porque mi ruta diaria ha cambiado. Desde que pasé por ahí, mi mente ha sido atrapada por los recuerdos de lo que experimentamos allá. Sé que dejé a todos ustedes en suspenso, pero fue por una razón seria: en cuanto supimos lo que supimos, lo único que me quedaba era empacar lo más pronto posible y largarme. No he platicado detalladamente sobre lo que había sucedido, y no es porque la casera me haya pedido no hacerlo – aunque sí me lo pidió -, y por respeto a ella, no quise obstaculizar la venta de su casa en un futuro. Sin embargo, le informé que, de buena fe, debía informar a sus futuros inquilinos: de haberlo sabido, yo nunca me
habría mudado a esa casa. Pero, claro, todo salió perfectamente: si no nos hubiéramos instalado allá, nuestra presencia no habría cambiado de esa manera una situación muy vieja… Perdón, me estoy adelantando.
La verdadera razón por la cual no escribí sobre eso, es que hubo tanta oscuridad en torno a lo ocurrido en esa casa que, seguramente, yo no quería que mis recuerdos me persiguieran en nuestra nueva casa. Mi Papi (mi abuelo) siempre decía: “Decide dónde pararte, bajo la luz o en la oscuridad, y una vez que decidas quédate ahí”. Así que, desde
muy joven yo SABÍA que seguiría mi camino bajo la luz, haciendo todo lo posible para evitar cualquier interacción con la oscuridad. NUNCA he sido amante de las películas de horror ni los libros de terror y, honestamente, el Halloween y sus “villanos” me dan algo de miedo. Disfrazarme de manera divertida está muy bien para Mee y, por supuesto, los vampiros también, porque estoy obsesionada con la idea de la inmortalidad; me fascina pensar qué se sentiría al manejar bien esta reacción humana.
El Día de los Muertos es una de mis fiestas favoritas, porque no se trata de la tristeza, sino de volver a celebrar la conexión al traspasar los velos de este mundo: la muerte no es un mal, es una parte intrínseca de la vida. Por lo tanto y porque voy comprendiendo los recuerdos, el tiempo y los fantasmas (en realidad, nuestros recuerdos son lo que anda
merodeando en nuestros pasillos y sueños), lo ocurrido en nuestra casa anterior se revela desde una nueva perspectiva.
Anoche hablé por teléfono con una amiga, a la cual no había podido encontrar desde antes del Día de Acción de Gracias. Bueno, fue justo el día después del fin de semana del Día de Acción de Gracias cuando todo empezó a desenmarañarse, y la verdad ya no podía ocultarse: el tintineo de las vitrinas y las puertas ya dejó de ser algo que pudiéramos ignorar.
Cuando empecé a contarle por qué nos habíamos mudado de esa casa tan de repente, la habitación se enfrió y sentí como si hubiese estado en medio de la multitud. Ni siquiera pude terminar la primera frase cuando mi amiga me dijo de repente: “Sabes, mejor no hablemos de eso: tengo escalofrío.” Le dije: “Gracias, podemos hablar de eso más tarde, cuando nos veamos en California”.
Cuando colgué la bocina, me senté sola en mi cuarto, mientras la sensación de estar en medio de la multitud seguía en el aire… Pensé en la señora Gina y en su manera de resumir situaciones, gente y pensamientos en la frase “No nos vamos a meter en eso”.
Esa frase salió de mi boca con el mismo tono de “No estoy jugando” que sonó en la voz de la señora cuando la posibilidad de cáncer tocó a mi puerta. Es lo que pasa cuando un bravucón en un juego que se echa atrás ante alguien que se le enfrenta rehusando tomar su veneno: yo no participé – así es cómo uno se queda bajo la luz. Entonces la energía en mi habitación cambió.
La que quedó fue ella, pensé en ella toda la noche. Es la única cuya historia he tratado de
dejar atrás. Decir siempre la verdad no es tan fácil. Así que esperaré, y con el tiempo tal vez escriba más. Pero sé que no volveré a pasar por esa casa, porque sentirán mi presencia y, entonces, escucharé sus recuerdos… Eso es lo que ocurre con los recuerdos: están por todos lados y realmente pueden ser escuchados. Cuánta más atención se haya prestado a un recuerdo, más poder éste tendrá en el presente.
Estoy demasiado cansada para escribir algo más. Como lo dije, faltan muchas horas para el alba, y ésta es la historia que escribiré desde la luz del convento.
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Cada vez que pienso que lo sé, resulta que no lo sé, entonces tengo que enterarme…



