Este verano ha estado muchísimo mejor que el pasado, por muchas razones. Creo que ahora estamos completamente instalados. A Bella le encanta el campamento, Lola va a un campamento preescolar dos veces por semana, y mi sobrino Tylor ha pasado con nosotros las últimas tres semanas. Me encanta que él esté aquí, no sólo porque es de mucha ayudad (mi hermana ha hecho una gran labor al educar a este muchacho), sino también porque es agradable, bondadoso, paciente e increíblemente ordenado – para sus diecisiete años.
Empezó a pasar los veranos conmigo desde que tenía ocho años, sin importar dónde yo viviera. En Malibú él iba a campamentos de surf, en el rancho jugaba en el río y aprendía a montar a caballo. De hecho, tengo una relación especial con él porque mi hermana y yo hemos sido tan cercanas una a la otra espiritualmente. Cuando ella lo tuvo, yo aún estaba joven e iba a la escuela. Nuestra madre había fallecido unos años antes, y yo sabía que hacía falta dar la cara, al igual que lo hicieron por nosotras mis tías, tíos y abuelos. Sabíamos que pertenecíamos a un mundo más grande, donde no sólo estaba mi madre.
Ahora Tylor ha crecido, y yo tengo hijas pequeñas. Las quiere como si fueran sus hermanas. Ayer le enseñó a Isabella andar en bicicleta, ¡qué momento tan fantástico vivimos! Recuerdo cómo aprendí hacerlo yo misma – estas cosas se quedan por siempre en nuestra memoria. Después de todo, se trata de equilibrio; una vez encontrado, nunca nos abandona. Le dije a Bella que pensara en eso como si se tratara de montar a caballo: debes estar firmemente sentada en el centro y fijarte adónde vas. Es que si estás montando a caballo y tu mente se encuentra divagando, tu nivel de presencia cambia, y el caballo seguirá tu ejemplo. Me ha gustado esta lección: aprender a montar estableciendo una relación con el animal, es casi una verdadera experiencia espiritual. No me malinterpreten: no soy ninguna amazona, simplemente me gusta que las cosas estén tan relacionadas entre sí.
Bella se parece muchísimo a mí – rara, pero firme. Lo logró, estaba montando sola. Cuando pasó a mi lado, tuve que contener mi risa porque estaba sentada absolutamente derecha, muy concentrada en su objetivo, y repetía en voz alta: “Estoy montando a caballo, estoy montando a caballo, estoy montando a caballo”.
Yo aprendí a andar en bicicleta en los departamentos “Clark Court”. Vivíamos cerca de Bay y Bukie Marshall. Salté a la bicicleta playera roja tamaño infantil, que era de mi hermana, y me fui pedaleando. Sin embargo, mi “yo sabelotodo” olvidó preguntar cómo pararla, ¡y volé por encima del manubrio! Bella tuvo suerte: Tylor estuvo agarrando la bici para que ella no se estampara contra el suelo.
Eso me encanta, él ha comprendido qué significa la familia: no podemos prevenir las caídas, sólo tratamos de amortiguarlas, a modo de cojín.
Hoy Tylor y yo vamos a visitar la Universidad Lipscomb – una más de las universidades locales de Nashville. De veras espero que él vaya a una escuela que me quede cerca, no soportaría perderme su transformación de jovencito a hombre.
Para mí, se trata de ser “la reina de mi propia fiesta”, llenando mi vida con mis niñas, Lee y mi trabajo.
He estado escribiendo como loca, mi meta es terminar tres libros para el próximo otoño. Estoy a punto de acabar uno; el escribirlo ha sido todo un proceso, porque este libro es sobre comida y salud. En realidad, me enseñó muchas cosas que yo no sabía cuando empecé a escribirlo. Dije: “¡Ah, será un libro de cocina!” Pero ahora estoy emocionadísima ¡porque no lo es! No soy una chef, no soy alguien totalmente dedicado a cocinar, soy una persona común y corriente a la cual le ha hecho bien alimentarse de manera natural; y sé cómo curar tu cuerpo y qué efecto tiene cada alimento. Así que estoy tremendamente emocionada por este proyecto, porque no es un “libro de cocina”, sino un Libro de La Princesa Sabelotodo que tiene recetas.
El otro día estaba sentada aquí, en el Convento, escribiendo a máquina. Levanté la mirada y me asomé por la ventana; sentí un brillo en mis ojos: estaba en el proceso de “sí, estoy disfrutando el momento”. Me encantan estos momentos, porque no se trata del resultado final, sino de la sensación suficientemente buena que tengo cuando me entrego toda. Afortunadamente, siempre he sido capaz de ver cuando llego a un punto en mi vida. Tal vez a alguien ajeno a la situación estos momentos difícilmente le parezcan exitosos, pero para mí son extraordinarios.
Yo escribo porque no quiero perdérmelo ni por un solo segundo. Al terminar de escribir vuelvo y veo la magia del momento o tengo una visión más clara de la situación en la que me encuentro. Hay que ver estos momentos suficientemente buenos, porque es la única manera de tener una vida suficientemente buena.




