Mis planes para Los Ángeles eran relajarme, pasear por la playa y encontrarme con todas mis mamacitas de Malibú.

Lo que yo planeaba y lo que ocurrió fueron dos cosas diferentes. Acabé haciendo todo tan deprisa como me fue posible: cada mañana corría con las niñas al campamento diurno de la escuela C.O.O.L. (California Ocean of Learning), les preparaba su almuerzo para llevar, iba y venía por la carretera Pacific Coast Highway y me la pasaba preparándome rápidamente para una reunión tras otra. Todas estas reuniones estaban maravillosas y giraban en torno a mis ejercicios literarios, ¡pero yo simplemente no tenía ganas de trabajar y se me había olvidado que el tránsito y la vida en Los Ángeles son una verdadera locura!
De hecho, de repente vi Los Ángeles con otros ojos – ojos de alguien que no está tan enamorado o, como en True Blood, para mí el hechizo se rompió.
Fui a Los Ángeles por primera vez a la edad de veinte años, y me maravillaba que la vida pudiera ser cualquier cosa que yo deseara. Vi toda esa magia y me enamoré de la posibilidad de soñar en grande. Mi primer lugar de trabajo fue en Third Street Promenade. Gretchen – mi amiga y compañera de habitación – y yo estuvimos recorriendo las calles parándonos en cada tienda o restaurante groovy, sentándonos en esa calle peatonal llena de artistas callejeros que tocaban su música por monedas de cinco centavos, cantaban rap, bailaban, golpeaban cubetas a manera de tambor y presentaban pantomimas. Finalmente, encontré un trabajo como mesera sirviendo tragos, y al escuchar a esa gente “dándole duro” cada noche, me inspiraba cada vez más para entender qué era lo mío y hacerlo.
Sin duda, en Isabella hay una pizca de Mee y Lee. Cuando tenía cuatro años, íbamos por esta calle viendo a los artistas y nos llamó la atención una pequeña, como de ocho años, que cantaba algo de Alicia Keys. Su papá estaba a su lado manejando el amplificador mientras ella hacía su mejor esfuerzo para “animar la cosa”. Bella me miró de abajo arriba y preguntó: “Mamá, cuando yo tenga ocho años ¿podré cantar aquí, en la calle, como ella?”
Le contesté: “Claro que sí”.
Tan pronto que llegamos a Los Ángeles, Bella no dejó de preguntar si podría cantar como aquella niña. ¡Me impresionó que aún lo recordara! Y volví a zafarme diciendo: “Por supuesto, algún día.”

Bella se hizo muy amiga de una chica llamada Allie – una asesora del campamento de verano y aspirante a cantante y guitarrista. Allie, una linda muchacha de unos veinte y un años, vino a la casa una noche para cuidar a las niñas. Lee y yo íbamos a cenar y Allie dijo que se llevaría a las niñas para invitarles algo en Third Street Promenade. Dejé los asientos para automóvil y ellas se fueron. Lee y yo volvimos a casa; las niñas no habían regresado, aunque eran casi 8:30 de la noche. De repente, la puerta se abrió de par en par, y con ella un arrebato de emoción irrumpió en la habitación. Bella había convencido a Allie de dejarla cantar mientras Allie acompañaba en la guitarra todos los éxitos de Taylor Swift que Bella ha aprendido de memoria. Mientras tanto, Lola brincaba detrás gritando: “¡Denos tanto dinero que nos alcance para comprar unos cojines con formas de animalitos!” Llevaban meses pidiéndome comprarles un cojín en forma de animalito, ¡y aparentemente montaron su espectáculo justo al lado de un carrito donde los vendían! No sólo ganaron dinero para dos cojines con formas de animalitos, ¡sino 164 dólares más! Bella no cabía en sí de regocijo y orgullo, en cambio yo estaba deshecha: “¡Oh, no, mis chiquillas andan tocando en la calle por unos dólares! ¿Qué dirán los vecinos?”
Está bien, no fue del todo así. La verdad, pensé: “Adelante, sean valientes y emprendedoras”. Sin embargo, cuando quisieron volver al día siguiente les dije que no, que así eso iba a convertirse en trabajo.
Así que Bella se enamoró profundamente de Los Ángeles, ella podía ver toda la magia mientras yo batallaba enfocándome en el tránsito, la falta de empleos y el cierre de tantas tiendas que eran mis favoritas. No dejaba de ver la escasez de agua y luego, algo tremendo: lo que ha dado de comer a Los Ángeles y a toda esa gente que se alimenta y vive allá, es Hollywood – la mayor parte de las películas y producciones para la televisión se originó allá y fue filmada allá. Ahora no sólo los espectáculos y películas se filman en otros lados a causa del alto costo de la filmación en Los Ángeles, sino también aquella fuerte antigua energía se está difundiendo por el planeta y POR TODOS LADOS surge la competencia. Sólo miren La Princesa Sabelotodo: filmamos videos de alta definición aquí, en Nashville, y treinta mil personas siguen este sitio – y son de ciento veinte países. Así que no sólo se está desplazando el mundo editorial, sino también toda la industria del entretenimiento. Todo el tiempo se hace algo en un lugar distinto a Los Ángeles y la gente de esta ciudad cada vez pierde un poco más. Lo que ocurre es que la gente no se puede dar el lujo de manejar negocios. La renta de un local de tamaño regular para restaurante en Santa Mónica es alrededor de $40,000 mensuales. Las personas no pueden pagar sus casas y menos aún, la renta por una vivienda promedio – no departamento – que va de $4,000 como monto mínimo a $8,000 en promedio. Nunca lo noté antes de mudarme a la selva y a Nashville, porque en realidad era todo lo que yo conocía: he vivido en California más tiempo que en cualquier otro lugar.
Los Ángeles fue un yoyo para Mee. Una mañana, Lee y yo pasamos todo el día en la playa Surfrider Beach, en Malibú. Había una competencia, y mientras Lee surfeaba, las niñas y yo observábamos a algunas muchachas bracear en sus tablas de surf y atrapar tremendas olas. Dirigí mi mirada arriba, a las montañas, y pensé que esto era lo que quería para mis niñas. Luego regresamos a la ciudad y me reuní con mi tía Connie en Venice, para comer.

Desde los años sesenta, mi tía Connie ha sido la propietaria de una tienda para fumadores y de souvenirs. Conoce a todos los artistas callejeros y a los que trabajan en las atracciones que cubren el camino entablado. Cuando me instalé en Venice por primera vez, pasar el tiempo en su tienda era de diario. Mi tía Connie y su amplia visión del mundo me guiaban. Esta vez, la playa Venice Beach estaba DE LOCOS, más que DE LOCOS – la demencia y los dementes estaban en su apogeo. La mejor amiga más reciente de mi tía Connie es una de las síquicas callejeras locales que están sentadas a lo largo del entablado, leyendo el tarot y diciéndoles a los turistas qué pueden esperar. Mi tía Connie insistió en que me leyeran las cartas; ¡ella quería saber cuándo yo iba a regresar a casa! Antes de darme cuenta, me había atrapado una ola de locura y fui arrastrada al entablado por una LOCA DE REMATE, vestida de color rosa setentero, que traía puesta una cofia al estilo dama de honor, una falda larga, unos tenis y tenía un solo ojo bueno. Finalmente, pasamos por todos los pandilleros, fumadores de yerba (sí, la gente está fumando yerba en el entablado; ¡por todos lados hay MONTONES de porros de marihuana medicinal y revisores de guiones!). También hay muchísimos artistas callejeros; es más, son tantos que deben turnarse en los espacios.
Esta síquica de la cofia rosa me llevó hasta su mesa de cartas cubierta con un terciopelo púrpura, y empezó a hablarme de Mee. Apenas la podía escuchar y menos aún, mirarla: se tenía pegada tanta porquería alrededor de la boca, y sus uñas estaba sucias… ¡Mi parte obsesivo-compulsiva rezaba para que no se le ocurriera tratar de leerme la mano!
No sabía que ella me diría algo que sonaría tan convincente…
Mis planes para Los Ángeles eran relajarme, pasear por la playa y encontrarme con todas mis mamacitas de Malibú.
Lo que yo planeaba y lo que ocurrió fueron dos cosas diferentes. Acabé haciendo todo tan deprisa como me fue posible: cada mañana corría con las niñas al campamento diurno de la escuela C.O.O.L. (California Ocean of Learning), les preparaba su almuerzo para llevar, iba y venía por la carretera Pacific Coast Highway y me la pasaba preparándome rápidamente para una reunión tras otra. Todas estas reuniones estaban maravillosas y giraban en torno a mis ejercicios literarios, ¡pero yo simplemente no tenía ganas de trabajar y se me había olvidado que el tránsito y la vida en Los Ángeles son una verdadera locura!
De hecho, de repente vi Los Ángeles con otros ojos – ojos de alguien que no está tan enamorado o, como en True Blood, para mí el hechizo se rompió.
Fui a Los Ángeles por primera vez a la edad de veinte años, y me maravillaba que la vida pudiera ser cualquier cosa que yo deseara. Vi toda esa magia y me enamoré de la posibilidad de soñar en grande. Mi primer lugar de trabajo fue en Third Street Promenade. Gretchen – mi amiga y compañera de habitación – y yo estuvimos recorriendo las calles parándonos en cada tienda o restaurante groovy, sentándonos en esa calle peatonal llena de artistas callejeros que tocaban su música por monedas de cinco centavos, cantaban rap, bailaban, golpeaban cubetas a manera de tambor y presentaban pantomimas. Finalmente, encontré un trabajo como mesera sirviendo tragos, y al escuchar a esa gente “dándole duro” cada noche, me inspiraba cada vez más para entender qué era lo mío y hacerlo.
Sin duda, en Isabella hay una pizca de Mee y Lee. Cuando tenía cuatro años, íbamos por esta calle viendo a los artistas y nos llamó la atención una pequeña, como de ocho años, que cantaba algo de Alicia Keys. Su papá estaba a su lado manejando el amplificador mientras ella hacía su mejor esfuerzo para “animar la cosa”. Bella me miró de abajo arriba y preguntó: “Mamá, cuando yo tenga ocho años ¿podré cantar aquí, en la calle, como ella?”
Le contesté: “Claro que sí”.
Tan pronto que llegamos a Los Ángeles, Bella no dejó de preguntar si podría cantar como aquella niña. ¡Me impresionó que aún lo recordara! Y volví a zafarme diciendo: “Por supuesto, algún día.”
Bella se hizo muy amiga de una chica llamada Allie – una asesora del campamento de verano y aspirante a cantante y guitarrista. Allie, una linda muchacha de unos veinte y un años, vino a la casa una noche para cuidar a las niñas. Lee y yo íbamos a cenar y Allie dijo que se llevaría a las niñas para invitarles algo en Third Street Promenade. Dejé los asientos para automóvil y ellas se fueron. Lee y yo volvimos a casa; las niñas no habían regresado, aunque eran casi 8:30 de la noche. De repente, la puerta se abrió de par en par, y con ella un arrebato de emoción irrumpió en la habitación. Bella había convencido a Allie de dejarla cantar mientras Allie acompañaba en la guitarra todos los éxitos de Taylor Swift que Bella ha aprendido de memoria. Mientras tanto, Lola brincaba detrás gritando: “¡Denos tanto dinero que nos alcance para comprar unos cojines con formas de animalitos!” Llevaban meses pidiéndome comprarles un cojín en forma de animalito, ¡y aparentemente montaron su espectáculo justo al lado de un carrito donde los vendían! No sólo ganaron dinero para dos cojines con formas de animalitos, ¡sino 164 dólares más! Bella no cabía en sí de regocijo y orgullo, en cambio yo estaba deshecha: “¡Oh, no, mis chiquillas andan tocando en la calle por unos dólares! ¿Qué dirán los vecinos?”
Está bien, no fue del todo así. La verdad, pensé: “Adelante, sean valientes y emprendedoras”. Sin embargo, cuando quisieron volver al día siguiente les dije que no, que así eso iba a convertirse en trabajo.
Así que Bella se enamoró profundamente de Los Ángeles, ella podía ver toda la magia mientras yo batallaba enfocándome en el tránsito, la falta de empleos y el cierre de tantas tiendas que eran mis favoritas. No dejaba de ver la escasez de agua y luego, algo tremendo: lo que ha dado de comer a Los Ángeles y a toda esa gente que se alimenta y vive allá, es Hollywood – la mayor parte de las películas y producciones para la televisión se originó allá y fue filmada allá. Ahora no sólo los espectáculos y películas se filman en otros lados a causa del alto costo de la filmación en Los Ángeles, sino también aquella fuerte antigua energía se está difundiendo por el planeta y POR TODOS LADOS surge la competencia. Sólo miren La Princesa Sabelotodo: filmamos videos de alta definición aquí, en Nashville, y treinta mil personas siguen este sitio – y son de ciento veinte países. Así que no sólo se está desplazando el mundo editorial, sino también toda la industria del entretenimiento. Todo el tiempo se hace algo en un lugar distinto a Los Ángeles y la gente de esta ciudad cada vez pierde un poco más. Lo que ocurre es que la gente no se puede dar el lujo de manejar negocios. La renta de un local de tamaño regular para restaurante en Santa Mónica es alrededor de $40,000 mensuales. Las personas no pueden pagar sus casas y menos aún, la renta por una vivienda promedio – no departamento – que va de $4,000 como monto mínimo a $8,000 en promedio. Nunca lo noté antes de mudarme a la selva y a Nashville, porque en realidad era todo lo que yo conocía: he vivido en California más tiempo que en cualquier otro lugar.
Los Ángeles fue un yoyo para Mee. Una mañana, Lee y yo pasamos todo el día en la playa Surfrider Beach, en Malibú. Había una competencia, y mientras Lee surfeaba, las niñas y yo observábamos a algunas muchachas bracear en sus tablas de surf y atrapar tremendas olas. Dirigí mi mirada arriba, a las montañas, y pensé que esto era lo que quería para mis niñas. Luego regresamos a la ciudad y me reuní con mi tía Connie en Venice, para comer.
Desde los años sesenta, mi tía Connie ha sido la propietaria de una tienda para fumadores y de souvenirs. Conoce a todos los artistas callejeros y a los que trabajan en las atracciones que cubren el camino entablado. Cuando me instalé en Venice por primera vez, pasar el tiempo en su tienda era de diario. Mi tía Connie y su amplia visión del mundo me guiaban. Esta vez, la playa Venice Beach estaba DE LOCOS, más que DE LOCOS – la demencia y los dementes estaban en su apogeo. La mejor amiga más reciente de mi tía Connie es una de las síquicas callejeras locales que están sentadas a lo largo del entablado, leyendo el tarot y diciéndoles a los turistas qué pueden esperar. Mi tía Connie insistió en que me leyeran las cartas; ¡ella quería saber cuándo yo iba a regresar a casa! Antes de darme cuenta, me había atrapado una ola de locura y fui arrastrada al entablado por una LOCA DE REMATE, vestida de color rosa setentero, que traía puesta una cofia al estilo dama de honor, una falda larga, unos tenis y tenía un solo ojo bueno. Finalmente, pasamos por todos los pandilleros, fumadores de yerba (sí, la gente está fumando yerba en el entablado; ¡por todos lados hay MONTONES de porros de marihuana medicinal y revisores de guiones!). También hay muchísimos artistas callejeros; es más, son tantos que deben turnarse en los espacios.
Esta síquica de la cofia rosa me llevó hasta su mesa de cartas cubierta con un terciopelo púrpura, y empezó a hablarme de Mee. Apenas la podía escuchar y menos aún, mirarla: se tenía pegada tanta porquería alrededor de la boca, y sus uñas estaba sucias… ¡Mi parte obsesivo-compulsiva rezaba para que no se le ocurriera tratar de leerme la mano!
No sabía que ella me diría algo que sonaría tan convincente…